¿Quién no ha sentido alguna vez miedo? Miedo al qué dirán, a lo que está por venir, a lo desconocido, a lo diferente. Yo, la primera en declararse culpable. Lo peor es que el miedo nos paraliza, nos impide avanzar, nos tiene con un come-come constante, nos hace cuestionarnos todo lo que se cruza en nuestro camino. En definitiva, frena nuestras vidas, en muchos sentidos. Hoy, cuando he oído a Gumersindo Lafuente decir: «Tenemos mucho miedo a lo diferente», he sabido de qué tipo de miedo hablaba.

El periodista de eldiario.es ha pronunciado estas palabras durante el encuentro La responsabilidad de las palabras: La narrativa periodística de las migraciones, celebrado esta tarde en la Universidad Pontificia Comillas ICAI-ICADE de Madrid. En el marco de este evento, él y otros profesionales del periodismo y de la comunicación —como son Julio Montes, María Rodríguez y Lucila Rodríguez-Alarcón— han debatido sobre el enfoque que se debe dar a las noticias relacionadas con las personas migrantes.

Tras aludir al temor a lo que nos resulta desconocido, Gumersindo Lafuente ha señalado que tenemos miedo a un acento distinto, a un color distinto, a un aspecto físico distinto porque, como supongo que ya habrás intuido, hablaba del —podríamos llamarlo rechazo— que muchos y muchas parecen tener a las personas que dejan sus países para venir a Europa (y no me refiero a esas a las que les ponemos la etiqueta de expatriadas, a las que aludió María Rodríguez).

A mí el debate me ha removido algo que dije hace no mucho en la entrevista que me hicieron en la Cadena Ser de Alcoy y que suelo repetir, desde que he vuelto de Bulgaria, cada vez que sale el tema: algunas de las personas migrantes a las que conocí durante mis clases en Busmantsi se han ganado, más que de sobra, el calificativo de amigas.

Hasta aquí todo bien, si no fuese porque mi comentario suele provocar estupefacción en quien tengo enfrente. ¿Por qué? Además de por las circunstancias en las que nos hemos conocido y por las que están pasando —también tengo amigos y amigas que se han visto obligados a emigrar de España, claro, pero la situación se ve distinta—, porque son de Pakistán, de Irán o de Afganistán y ya solo por eso parece que debe existir una barrera infranqueable.

Lo cierto (e increíble) es que los estereotipos y las etiquetas que, por defecto, parece que tenemos en nuestras cabezas nos impiden ver más allá de lo que nos han enseñado que es normal. Por eso no es normal que hables, de igual a igual (sin esos aires de condescendencia que se suelen tener), con ese chico senegalés que va por la playa vendiendo camisetas. Ni lo es que lo hagas con el de la frutería de enfrente de tu casa que es de Pakistán. En cambio, sí que lo es que lo hagas con esa chica que va contigo a clase, aunque sea de la zona de la India limítrofe con Pakistán.

¿Dónde está la diferencia? La diferencia está en ese miedo del que hablaba Gumersindo Lafuente hoy. También en esa incapacidad para pensar en personas en lugar de hacerlo en características que nos diferencian. Pero sobre todo, lo está en el desconocimiento, en el no saber filtrar la información que nos llega, en la falta de empatía (una palabra tan de moda) para entender al otro.

Por eso, a mí lo que realmente me da miedo no es que alguien no entienda la relación que yo pueda entablar con una persona que sea considerada diferente a mí. En realidad, eso me importa más bien poco. Lo que me asusta es que el miedo que siente ese alguien acabe convirtiéndose en odio.