Hay algo que me está reconcomiendo, desde hace unos días, y siento que necesito escupirlo. Y cuando eso me pasa, tiendo a escribirlo, como es el caso de lo que me ha traído hasta esta entrada.

Llevo casi un mes y medio viajando a ratos sola, a ratos acompañada, por Asia y hasta que no llegué a Sri Lanka no había tenido la sensación de sentirme tan incómoda como me estoy sintiendo en este país. Sí que he tenido momentos de frustración al ver que, en varias ocasiones, me han tratado como si no pudiese valerme por mí misma o estuviese buscando, de manera indirecta, algo en el sexo opuesto. Pero el aterrizaje en el país en el que me encuentro ahora, pese a que estaba con dos amigos en ese momento, fue totalmente distinto.

Había leído y oído de Sri Lanka que la gente es muy amable, que te sonríe allá donde vas y que hacen todo lo posible por ayudarte. Bueno, sí y no. Desde que puse un pie en Colombo, su capital, han sido pocos los momentos en los que he dejado de tener la sensación de que nadie hace nada sin esperar algo a cambio o que siempre van a querer sacarte algo más, ¡porque eres extranjero/a! Supongo que esto no es más que el fruto de que un país tan pobre como este —casi el 40% de sus habitantes vive en condiciones de pobreza, según datos de Oxfam Intermón— esté en pleno auge turístico. Pero no es solo eso lo que me está dejando el mal sabor de boca que tengo, sino la sensación de incomodidad que no dejo de experimentar por ser mujer.

Seguramente mi percepción se haya visto reforzada por el hecho de que muchas de sus calles apenas cuentan con iluminación por la noche, ni siquiera en las grandes ciudades, o por que en ellas casi no se ven mujeres, si no es en horas punta. Y eso pese a que el porcentaje de las primeras en el país (51,89%) es ligeramente superior al de los segundos (48,11%). O igual es que vas caminando sola por la calle y cada dos pasos algún hombre se te acerca para acompañarte, mientras te interroga (aunque no le contestes) para saber de dónde eres, cómo te llamas, dónde te estás quedando… Y no, no es por echarte un cable.

La cuestión es que podría pensar que estoy teniendo mala suerte o que me estoy cruzando con las personas equivocadas. No, porque no solo me ha pasado a mí. Dewi, una chica de Bali con la que he viajado de Kandy a Nuwara Eliya, me contaba el otro día que en Colombo, un hombre la estuvo siguiendo durante un buen rato y, claro, le metió el miedo en el cuerpo. ¿Y a quién no se lo habría metido?

No me parece justo. No me parece justo que por ser mujer tenga que justificarme por no querer nada con un hombre, si soy simpática con él; ni me parece justo que, de primeras, piensen que por viajar sola voy buscando algo, más allá de la experiencia del viaje y de lo que me aporten quienes se crucen en mi camino; ni tampoco me parece justo que, ahora mismo, no me apetezca pasar más tiempo sola en este país. Ni que tampoco le apetezca a Dewi, que decidió irse a Arugam Bay para no tener que moverse más. Pero lo que menos justo me parece de todo es que, lamentablemente, este tipo de situaciones no son algo exclusivo de un país como Sri Lanka (lo que seguro que muchos y muchas están pensando). ¡Estas situaciones se repiten, a diario, en todo el mundo!

Si no, cómo se explica que en Bulgaria un taxista, con el que tuve un encontronazo, cerrase el pestillo del taxi para asustarme (y lo consiguió, vaya si lo consiguió). Y que algunas compañeras de proyecto viviesen momentos similares. O que haya tenido alguna que otra situación incómoda en noches de fiesta por Madrid. Es muy simple: el hecho de ser mujer, marcado solo por un cromosoma que nos hace distintas del otro sexo, parece que nos expone a cualquiera de estas realidades que, en ciertas ocasiones, son tomadas como socialmente normales.

Casualmente, el otro día vi en Twitter un hashtag que me llamó bastante la atención, #MeToo, con el que la actriz Alyssa Milano invitaba a las mujeres que hubiesen sido víctimas de acoso sexual a sacarlo a la luz. Y esto no es más que una prueba de que queda mucho por hacer en este mundo en el que los hombres siguen llevando la voz cantante (y en el que muchas mujeres están encantadas de hacerles los coros, ojo).

Por el momento, yo no dejaré de repetir tres cosas:

    1. Si me ves viajando sola, no te preocupes, lo hago porque quiero. 
    2. Si necesito ayuda, la pediré.
    3. Si quiero compañía, la buscaré.

El mundo es demasiado bonito para caminar por él con inseguridades de más y perdiendo la posibilidad de recibir la confianza que, de primeras, todos merecemos.

Imagen de portada: ForAsiacheers.