Durante el 2015, Nepal sonó mucho en nuestras cabezas por el terremoto que azotó el país, de manera brutal, el 25 de abril y por las réplicas que siguieron a este en poco tiempo. De ahí que cuando elegí, a través del Injuve, mi proyecto de voluntariado para irme a colaborar a este país, todas las recomendaciones fuesen que abandonase, que cómo me iba a ir después de lo que había pasado…

Después de lo que pasé y de la que fue mi primera incursión en Asia, no podría estar más satisfecha con mi decisión.

¿Por qué viajar a Nepal por un voluntariado?

Nepal, con 28 millones de habitantes, es uno de los países más pobres del mundo y el más pobre del sur de Asia. Antes del terremoto, un 25% de la población vivía por debajo del umbral de pobreza y un tercio lo hacía con menos de un dólar al día. Y pude comprobarlo con mis propios ojos.

A esto hay que sumar que los terremotos del 25 de abril y del 12 de mayo, de intensidad 7,9 y 7,3 en la escala de Ritcher, respectivamente, dejaron las siguientes «cifras»*:

    • 8702 fallecidos y miles de heridos.
    • 505 745 casas destruidas y 279 330 dañadas.
    • 2,8 millones de personas en situación de necesidad de asistencia humanitaria.

Si rascamos un poco más, encontraremos que sobre el 27% de la población no está cubierta por la sanidad y, para que os hagáis una idea de cómo es esta para los que sí que lo están, las enfermedades diarreicas matan a 9000 niños cada año.

Creo que todos estos datos dejan bastante patente por qué un país como este puede necesitar ayuda, lo que tienen muy claro las 7000 organizaciones nepalís que trabajan por cambiar esta situación. Con una de ellas, Volunteers Initiative Nepal (VIN), trabajé durante dos semanas en un proyecto con niños: Children development.

Cómo dejar que los niños te hagan feliz

Sí, supuestamente el título debería ser «cómo hacer felices a los niños», pero no, la realidad es que yo volví con la sensación de que son ellos los que te aportan esa felicidad que parece que en el día a día de mi mundo occidental se escapa por cualquier rendija de preocupación absurda. El objetivo de este proyecto es, como su propio nombre indica, contribuir al desarrollo y aprendizaje de los niños nepalís en las zonas en las que trabaja esta organización.

En mi caso, el proyecto se desarrolló en Jitpur Phedi, una comunidad rural situada a unos 10 kilómetros de Katmandú, la capital de Nepal, en la que podrías pasarte horas observando las escarpadas colinas, el increíble verde de su vegetación (eso sí, con los pies llenos de barro porque los caminos no están asfaltados) y su cielo nocturno cubierto por un manto de estrellas cuando las nubes lo permiten.

Los que estuvimos esas dos semanas en este proyecto, dedicamos nuestro tiempo a dos escuelas: Tarakeswor School, solo de Enseñanza Primaria, y North Star, de Primaria y Secundaria, ambas privadas. En ambas intentamos que los niños fuesen capaces de decir algo en los respectivos idiomas de los que estábamos en el proyecto (español, francés y chino), ya fuese cantando y hablando o, simplemente, con juegos, además de enseñarles algo de geografía.

Si me tengo que quedar con una lección aprendida después del tiempo que pasamos con niños de todas las edades (desde los 3 hasta los 14 años) es que la comunicación es muy complicada cuando se mezclan lenguas, bagajes y culturas tan distintas, pero es aquí cuando la creatividad toma el poder y te hace ver que si algo pueden enseñarnos estos niños, es que todo puede tener sentido, según cómo se mire.

Y al más puro estilo Barrio Sésamo diré: después de dos semanas, ¿qué aprendimos del sistema educativo nepalí?

  • El curso escolar empieza en abril y acaba en marzo.
  • Los profesores de Primaria, de un colegio privado, ganan alrededor de 14 000 rupias nepalís al año (unos 117 euros).
  • Los padres pagan en los colegios privados unas 700 rupias nepalís por niño al mes (unos 6 euros).
  • Se basa en conseguir las máximas notas (algo parecido a lo que ocurre en países europeos como España). Por eso, con este proyecto se busca ofrecer alternativas a los niños que desarrollen otras cualidades como la creatividad o el liderazgo.

¿Lo «menos bueno» del proyecto? Que los nepalís tienen más fiestas que nadie en el mundo (al menos eso me pareció a mí durante los días que estuve allí) y si a eso le sumamos el nepali life style, mezclado con mi carácter occidental, llegamos a un: este ritmo sosegado me está estresando. Sí, amigos, increíble pero cierto, el ansia que tenemos en el mundo occidental debe quedar a un lado al viajar a este tipo de países porque tooodo necesita su tiempo (normal, por otra parte, si tenemos en cuenta cosas como que les cortan la luz, por sorpresa, todos los días).

¿Qué había en la maleta de vuelta?

Sinceramente, me traje la «maleta» mucho más llena de lo que me la llevé. Porque hay viajes de los que vuelves pensando que has visto lugares increíbles, otros en los que se cruza una persona especial a la que no esperabas encontrarte y otros que te cambian totalmente la percepción del mundo. Y luego están los que lo reúnen todo, como es el caso de mi viaje a Nepal. Por eso os animo a ir, con o sin escombros, pero con todos los prejuicios a un lado.

Por supuesto, este viaje también tuvo su parte turística (no podía recorrer casi 11 000 kilómetros —con dos escalas, ¡ojo!— y no visitar nada), de la que te hablaré más adelante en otra entrada.

Si quieres ver más imágenes de este proyecto, puedes hacerlo en esta entrada: Las caras de Nepal.

*Todos los datos incluidos en esta entrada fueron actualizados en octubre de 2015. Fuentes: Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación de España Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA).

Artículo publicado originalmente en octubre de 2015, en el blog de Global Exchange.